jueves, 10 de junio de 2010

Mis Memorias y Los Mundiales: USA 1994


Este año, yo ya estaba en segundo de bachillerato, mi hermana y yo vivíamos en Santa Tecla. Rentábamos una habitación en la casa de dos hermanas, una era psicóloga y la otra era profesora de matemáticas. Desde el año anterior solamente veíamos a los abuelitos durante los fines de semana. Me costó acostumbrarme a alejarme de ellos tanto tiempo, mamá Manchita, nuestra nana, siempre llegaba a visitar a mis abuelitos y mi tío Beto estaba enfermito. Y mi madre trabajaba lejos de nosotras y llegaba un par de veces a la casa a supervisarnos, ya se había calmado bastante con su obsesión religiosa y ya nos extrañaba y nosotras a ella. No teníamos televisor en el cuarto que rentábamos, y las dueñas de la casa no veían nada de fútbol, vi un par de partidos nada más en una pupusería.

El día de la final mi mamá nos había mandado a comprar el gas y escuché los gritos de celebración de todo el vecindario, todos queríamos que Brasil ganara y así fue.

Fue un año muy bonito, relajado, para mí fue un año lleno de triunfos académicos y deportivos. Yo ya era una señorita, ya había decidió ser ingeniero y además me inclinaba por la vida militar, la poesía, las ciencias, la música, los deportes extremos, etc.

Teníamos muchos amigos en el colegio, no nos dejábamos de nadie y cuando podíamos nos escapábamos a jugar fútbol al local de la maestranza de la Fuerza Armada. A veces nos íbamos al parque Saburo Hirao, al Parque Cuscatlán, al Zoológico, etc. también participábamos en obras de teatro.

Mi hermana era mi compañera inseparable, íbamos al mismo grado, éramos compañeras en todas las materias. Y todo por culpa de mi mamá, porque mi mamá no quería dejar que mi abuelo me pusiera estudiar bachillerato y me tuvo encerrada en la casa todo el año 92 como parte de la terrible crisis existencial – religiosa que le comenzó a ella en el año 90.

Todo ese año, me la pasé leyendo Historia Universal y perfeccionándome en los libros de Cálculo Superior (Louis Leithold, Denis Zill, etc.), ese año tuve mi primer saxofón, era un Selmer Bundy precioso cortesía de mi abuelo, mi mamá se oponía a que mi abuelo me pusiera a estudiar por sus mismas cosas religiosas hasta que mi abuelo fue a hablar con un cura que era amigo de ella, así fue como ese sacerdote la convenció y le dijo que no me truncara el camino y gracias a quien sea ella accedió, pero costó un año que me dejara estudiar mi bachillerato. Cuando llegué a bachillerato en el 93, yo me sentía muy confiada al ver que todo se me hacía tan trivial y lógico.

Mi mamá nunca iba a las reuniones de padres de familia en el Colegio, eso me molestaba porque siempre mi libreta de notas era la que sacaban los maestros y decían “Ingrid Umaña es una estudiante brillante, sus calificaciones son excelentes” y nunca estaba mi mamá allí para sentirse orgullosa. Ni para ver mis premiaciones. Mi hermana sobresalía en biología y química y a mí nadie me podía ahuevar ni menos tratar de igualar en matemáticas y ciencias físicas. Solamente en química, mi hermana y yo nos íbamos a los pénales.

Lo malo de este año fue que el 27 de julio, diez días después de la final del mundial, durante los exámenes trimestrales del colegio, mi tío Beto murió, ya estaba cansado de vivir, de sufrir un cáncer gástrico, la enfermedad lo venció. Él era el hermano de mi abuelito, mi papá tigre se deprimió tanto por la muerte de su único hermano. Lo velamos en la casa del abuelo, así como se hace en los pueblos.

A la velación llegaron todos los primos, me sentí un poco triste porque afuera de la casa estaban los primos cantando y tocando guitarra, cantando María de Big Boy mientras nosotros llorábamos a tío Beto, quizás nunca les perdoné el hecho de que mi tío político regalara aguar ardiente a todos los bolos esa noche, la vela parecía una fiesta, gente contando chistes, tomando licor, jugando naipes, riéndose, etc.

Lo enterramos junto a nuestros ancestros, yo todavía esa mañana, nosotras tuvimos que rendir el examen trimestral de química y luego, viajamos para el cantón y así poderle dar el último adiós a mi amado tío.

Ese año, tras la muerte de mi tío, comencé a escribir más.

Los amigos que conservo de ese año son poquitos, los que veo de vez en cuando es a los hermanos “ratones”, recuerdo que cansadas y con hambre nos íbamos a la casa de ellos a comer aguacate con queso y tortillitas calientitas que su abuela nos hacía.

Fue un año, con buenos recuerdos y con luto.

Se fue mi tío Beto, mi tío abuelo.
Aún sueño que llega de visita a la casa de la hacienda con su saco de naranjas para el fresco.

BRINDO POR VOS, TÍO BETO.