domingo, 8 de julio de 2012

Mamá Tina, mi bisabuela. 9 años de su partida.

Dice mi abuela Rosita, Ma Ozzy, que año con año, sus abuelos maternos, Natividad Portillo y Virginia Arita, armaban viaje desde la Hacienda Vieja hasta una casa que tenían en un lugar llamado La Torerona. Para mí sigue siendo un misterio dónde queda La Torerona, he buscado referencias y no las encuentro, al parecer es en terrenos de Honduras, cerca de El Berrinche --ahora Cantón de San Ignacio-- y también cerca de El Matazano.

Este viaje anual se realizaba porque en la época de noviembre ya no había pasto para el ganado y en las zonas más altas, la vegetación siempre estaba verde y fresca. Era una mudanza completa. Todos se iban con sus familias y su ganado, atravesaban Río Chiquito y durante el trayecto entre ocotes y pinos, debían pasar por un lugar llamado Los Vados, este lugar era una ruta donde debían cruzar 14 veces el mismo río. Sí, 14 veces, imagino que el río tenía trayectoria sinosoidal. Se iban por ese camino para pasar dándole agua a los animales durante la larga marcha hacia la montaña.

Cuando iban en el camino, se iban todos a caballo o en burros. Metían a todos los hijos dentro de enormes alforjas hechas de cuero y las ponían sobre los caballos, así llevaban a los muchachitos bien calientitos durante el viaje.
 
Cuentan que la última migración fue truncada de manera violenta. Dicen que era noviembre de 1926, la caravana iba en la ruta de Los Vados y exactamente en el vado siete, apareció sorpresivamente un viejo enemigo de la familia, José Lara, quien acribilló con sus balas a Natividad, quien también le respondió el fuego desde su caballo. Ambos se hirieron.

Entonces Natividad al ver tirado en el suelo a Lara pensó que lo había matado y salió huyendo para Ocotepeque, sólo alcanzó a decirle a su mujer que se regresara para la Hacienda Vieja con todo el ganado y con sus hijos, no se supo de él por un tiempo. Después, los familiares de Honduras le avisaron a Virginia que su marido había muerto de tétano. 

Después de la muerte de papá Natividad, Virginia se quedó sola con los ocho hijos. Tuvo temor a las represalias de José Lara, quien no había muerto durante el encuentro y se apuró a poner en venta las tierras de la Hacienda Vieja. Ella poco a poco se fue deshaciendo del ganado, pero nunca le faltaron cuatro vacas lecheras. Para ese momento, su hija Albertina tenía catorce años. 

Sucedió que el 8 de diciembre de 1926, Albertina y su madre iban en el camino hacia el pueblo de Citalá. Virginia iba cargando a su última hija, Genoveva, para bautizarla en la iglesia y en el trayecto se encontraron con unos jóvenes que venían a caballo en sentido contrario del camino. Albertina notó que uno de los muchachos se le quedó viendo de manera insistente. Ella atemorizada e incómoda le dijo a su madre que a saber qué le miraba tanto ese hombre. Virginia le respondió que eran los Ochoa, los hijos de Don Entimo. 

A los pocos días de esto, la casa de Virginia fue visitada por el mismo joven del caballo que miraba tanto a Albertina. Llegó a visitar a la madre, llevó dos caballos cargados con azúcar, harina, maíz, frijoles y dulce de panela. La visita era para pedir en matrimonio a la niña de 14 años. La madre recibió el regalo, en ese tiempo esa era señal de que sí aceptaba dar a su hija. A la niña ni le preguntaron si quería cruzar palabra con el muchacho. El muchacho se presentó como Guillermo Ochoa, de veinticinco años de edad.

A los días, volvió a llegar el muchacho con caballos cargados de cereales y acompañado de sus padres, Entimo Ochoa y Casimira Aguilar. Así fue como arreglaron la boda. Y al fin la madre le comunica a la niña que se iba a casar con ese muchacho. Esa noche Albertina no durmió llorando de la rabia, no quería casarse y el muchacho no le atraía. Para ese momento, ella no había visto su menarquía, sólo quería jugar con sus hermanos. 

Entonces, Virginia estaba precisa que se casara su hija, porque tenía miedo que a ella le pasara algo porque se quedaba sola mientras su madre trabajaba. Cuando esto sucedió, Virginia y sus hijos aún vivían en la Hacienda Vieja porque no habían encontrado comprador, había pasado casi dos meses de la muerte de Natividad. Como la niña no se quería casar, tuvo que soportar las crueles palizas que su mamá le daba para obligarla. Cada vez que el prometido llegaba de visita, Albertina corría a esconderse dentro de un horno de barro y allí llorando esperaba a que el hombre de ojos azules, se fuera.

Se casaron en Citalá el día 21 de enero de 1927. Virginia preparó 3 cerdos, prepararon pan dulce, chorizos y tamales, pasaron 3 días haciendo los chorizos. 

Cuando se casaron, fue que Virginia por fin vendió la Hacienda Vieja a su cuñado Jesús Portillo, vendió las reses y se fueron para la Torerona. Así fue como todos se fueron para la tan amada Torerona, incluyendo a los recién casados.

Contaba Albertina que en la noche de bodas, se acostumbraba regresar a la novia a casa de sus padres, pasados 8 días, podía reunirse con su esposo. Albertina aseguró que su esposo no la tocó sino que le dijo que la cuidaría como la niña que era hasta que tuviera la “edad suficiente”. Así pasaron los meses juntos hasta que Albertina decidió consumar su matrimonio. 

Quedó embarazada inmediatamente y lo perdió a causa de un golpe hecho por un novillo, al bebé que nació muerto le pusieron de nombre José Antonio. Luego, nació mi abuela Rosita y el resto de mis tíos abuelos. 

El bisabuelo Guillermo se sentía deprimido por haber desposado de esa forma a la niña, porque por más que él hacía para agradarla, a ella no se le olvidaba que la obligaron a casarse. Guillermo siempre la trató muy bien y la cuidaba, pero ella no le daba muestras de amor sino todo lo contrario. 

Pasaron décadas y más décadas, su hijos tuvieron hijos. Pasaron muchas cosas que un día contaré.

Desde que yo era muy pequeña conocí a mi bisabuela, ella era tortillera en la Terminal de Occidente. Me encantaba ir a visitarla. Periódicamente, mi abuela Rosita nos llevaba donde ella, viajábamos desde la Hacienda Los Lagartos para la capital, ese viaje era toda una aventura, era de las cosas más esperadas durante mi infancia. 

Por tradición familiar, todos sus nietos y bisnietos pasamos una temporada en casa de mamá Tina. Mi hermana y yo vivimos con ella durante un año, en 1993, cuando estábamos en primer año de bachillerato, era buena, amable y a veces se enojaba, pero nunca me trató mal. 

Ella siempre me platicaba todas sus vivencias mientras tomaba café en un tacita de plástico celeste. Una vez en 2001 mi bisabuela me contó parte de este relato, con aire desesperado como si estuviera reviviendo ese momento, “Yo no me quería casar, yo quería jugar. Me obligaron a golpes para irme con un hombre que yo no quería. Nunca tuve la edad suficiente para eso, aunque Guillermo me quiso más de la cuenta”. Para ese momento, ella tenía 89 años cuando aún se veía en su rostro el terror al recordar esa época de su vida. Al pasar los años, llegó a ser muy feliz con el bisabuelo Guillermo y llegó a amarlo.

Y este día, a nueve años de su muerte, recuerdo a mamá Tina, con aquella fortaleza y hasta siento el olor de sus ricas tortillas y de aquellos frijolitos que jamás volveré a probar.

Albertina Portillo Arita (16 de junio de 1912 - 8 de julio de 2003). Hace  un mes y  una semana se cumplieron 100 años que, a las dos de la tarde, nació entre la soledad de los ocotales.

Te extraño, niña de la montaña.


Mamá Tina y mi tío.

Mamá Tina, en 1986.



:(

2 comentarios:

rig per dijo...

Interesante historia.... me gusta !!!!

rig per dijo...

Intgeresante historia, me gusta !!!