viernes, 20 de mayo de 2016

Tía Fina, buen viaje (R.I.P)

Cuando mi hermana y yo éramos niñas, solíamos viajar desde el cantoncito donde vivíamos hacia la capital en compañía de mi abuela para visitar a tía Fina y tío Chepe. Era todo un suceso, era la aventura más imaginada al paso de los meses. Las horas de viaje en aquellos tiempos que el transporte era lento, por la impaciencia se volvían aun más largas hasta llegar a su casa y luego el tan esperado momento en que tía Fina abría la puerta y el mundo resplandecía con su bella sonrisa y su prolongado abrazo.
Tiempo después, cuando comenzaba mi adolescencia enfermé de los bronquios y viajábamos a la ciudad a mi tratamiento y mi madre, mi hermana y yo dormíamos en su casa para madrugar al día siguiente e ir al hospital y no nos dejaba salir sin desayuno, impresionaba su comida, tía Fina tenía el don mágico de la cocina que aún con las décadas, ese sabor perdura como si hubiese sido esta mañana.
También nos visitaban en el cantón, con su llegada se alegraba la soledad de los mirtos y cuando la veía, ella no paraba de decirme que yo era bonita, lo decía con el énfasis que lo dicen sólo las personas que te quieren de verdad.
Tía Fina era extremadamente emocional, lloraba de alegría cuando se encontraba con la gente amada, su emoción era intensa y se transmitía de inmediato en el entorno. Hace unas semanas ella estuvo en mi casa junto a tío Chepe y mi primo; vinieron a visitar a mis abuelitos y estuvimos en una hermosa tertulia familiar, esa tarde reímos y reímos hasta que nos dolió el estómago y hoy nos duele el alma, nos duele y mucho, ayer tía Fina se fue, emprendió el viaje hacia la eternidad.
Cierro los ojos y la recuerdo que viene por el pasaje y que salgo corriendo a encontrarla para traerla de la mano hasta mi puerta, abro los ojos y aún siento su abrazo. Aquí quedan sus palabras, sus consejos, el recuerdo de su cabello café y sus ojos de almendra dulce, aquí queda su sonrisa, su enorme cariño y todo lo bello que representa en nuestra historia.
Hasta pronto tía, y solemne le prometo que cuando yo emprenda mi viaje, iré a buscarla con la misma impaciencia de mi niñez para sentir su prolongado abrazo.