lunes, 1 de febrero de 2016

Dos décadas de amistad

Hace 20 años conocí a mi mejor amiga, mi amiga del alma, Crimilda.

La nota que puse en mi diario de ese día dice literal: "Hoy, antes de la clase, conocí una chica muy inteligente, se llama igual como en la leyenda de los Nibelungos, pero lo escribe con C, Crimilda. Hicimos plática y entre tanta cosa me preguntó si yo era testiga de jehová y le dije que no, quizás pensó eso por lo largo de mi falda. Creo que seremos buenas amigas, le gusta química y matemática igual que a mí".  Y ese 'creo' no fue en vano. No sé cómo resumir dos décadas en pocas palabras.

Recuerdo como recalcaba la escritura de su nombre y yo insistía en escribirlo con k. También yo le recalcaba que la falda larga no era por alguna religión, era porque mi madre quería que así vistiera. Hemos estado en las buenas, las malas y las peores, nos hemos visto más veces en el hospital que en una fiesta, bueno, creo que pocas fiestas: nuestras graduaciones de la U, la graduación de Elmer y la boda de su hermano.

La única vez que me molesté un poco con ella tenía pocos días de conocerla y el motivo fue porque en el laboratorio de química, alguien la empujó contra mí cuando íbamos de salida, no vi cuando la empujaron, solo sentí que chocó y dijo '¡Uy, vos!' o algo así y me irritó porque pensé que lo estaba haciendo por molestarme, ya que 3 días antes me habían tirado una cola de cigarro encendida desde la quinta planta y cuando fui a ver quién había sido el virgo, la encontré a ella junto a un bromista consagrado y estaban con cara de compinches. Pasada una semana, en la clase de dibujo técnico yo estaba enferma, no había comido y el cuerpo se me puso aguado, parecido como cuando se baja la presión, no aguanté y me recosté, a nadie le importó y la clase terminó y todos se fueron mientras yo seguía allí, de pronto oí su voz y me preguntó que qué tenía, me dio unos dulces y me acompaño hasta que me sentí mejor. Desde ese día cualquier molestia tonta que yo hubiese tenido, terminó.

Hacíamos buen equipo de estudio, nos íbamos a estudiar a su casa y su padre tenía un cuarto para estudiar lleno de materiales electrónicos reciclados y estaba lleno de libros, era un buen lugar para estudiar, sus padres siempre han sido buenos conmigo y en tiempos fríos me regalaban para chocolate, ahora con supremo cariño les llamo padrinos. Crimi fue la única amiga que conoció a mi bisabuela en un día demasiado largo para relatar. Otra vez junto con mi hermana, el día que Crimi conoció a mis abuelos, las tres viajamos en tren a Sonsonate colgadas en el pescante durante los últimos recorridos de los bagones verdes, una sola vez nos fuimos de paseo al mar con otras amigas durante los 5 años de estudio, conoció el río del cantón cuando aún era río, la casa lagarteña y también el cuartito de mesón tecleño donde nos llevó a vivir mi madre. A Crimi le gustaba cantar canciones setenteras mientras desarrollábamos los ejercicios de Leithold, hicimos largas caminatas y muchas veces aguantamos hambre y otras compartimos comida y así pasaron los años y más años. Y cuando mi hermana enfermó de los riñones, hicimos un paseo para animarla y allí iba mi amiga empujando la silla de ruedas por todo Metrocentro.

Cuando yo estuve hospitalizada por el accidente con el paracaídas, llegaba a visitarme. Mi novio, Eduardo, le prestaba la tarjeta de visitas. Ambos me contaban cosas chistosas y yo allí inmóvil y con un calor espantoso y un dolor de huesos rotos, luego ella le pedía prestado el abanico rosa a Koky y en una de esas pasó el Dr. Paz y se rió con simpatía al ver la mueca de 'Cleopatra' que yo tenía con tantas atenciones brindadas por mi amiga, fue de las cosas más graciosas que pasaron en esos días, el doctor no pudo evitar su franca carcajada.

De sus cosas personales no me corresponde contar la historia, pero sí doy fe que es luchadora y no se rinde nunca, que es de las personas con gran espiritualidad y amor a su gente.

Crimi allí estuvo cuando fue el trasplante de riñón para mi hermana, cuando me operaron del colon, cuando me rompí la carne, cuando me quebré los huesos, cuando me quebré el alma al morir mi hija, cuando he estado deprimida por el luto, por el amor y por las deudas, siempre ha estado allí y espero que también yo sea una amiga a la altura de su lealtad. 

Hemos compartido grandes patoaventuras muy largas de contar en 20 años, misiones imposibles, chistes y películas y hemos llorado las mismas tristezas.

Amigas como ella son pocas en la vida, leal, solidaria y sincera. Pues hoy, 20 años después somos como hermanas.