jueves, 20 de enero de 2011

A 10 años del Terremoto del 13 de enero 2001

Por aquella época mi mamá, mi hermana y yo vivíamos juntas en Santa Tecla, cerca de la Iglesia de Concepción. Mis abuelitos vivían en el Cantón de siempre, allá en Los Lagartos, San Julián. en Sonsonate. Yo tenía mi novio, Elmer, ya teníamos muchos años de andar, él fue mi primer novio y duramos muchos años como dos periquitos enamorados.


Era una mañana de sábado común y corriente, sólo yo estaba en casa. Mi madre había salido a casa de una amiga en la colonia El Paraíso, mi hermana andaba donde mis abuelitos en Sonsonate, mi novio estaba en el Aeropuerto de Comalapa trabajando y yo esta tranquilamente durmiendo a las 11 y media de la mañana.


La casa en la que vivíamos en Santa Tecla era de esas casonas antiguas con un largo corredor y paredes de enormes abodes recubiertas de una capa de concreto artesanal muy viejo.


Yo estaba ligeramente dormida, cuando comenzó a moverse mi cama, desperté y no me quise levantar pensando que era un simple temblorcito, a los pocos segundos empeoró y el repello de la pared que estaba a mi cabecera comenzó a desprenderse, me alcancé a poner la almohada sobre la cabeza y me levanté rápido, las tejas y las paredes se caían, me paré junto a la columna más fuerte de la habitación y no dejaba de temblar, fueron casi 45 segundos que sentí más largos que una caída libre. Se escuchaban los gritos de los vecinos, las mujeres, los niños y hasta los hombres. La imagen de mi familia me pasaba por la mente, ¿dónde están? Qué no les pase nada. Recordé la famosa “Oración para los Temblores” que mi abuelito me enseñó “Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Dios Inmortal”, pero no la recé.


Cuando cesó el terremoto, quise llamar mi gente y no había señal en el celular, ni teléfonos fijos, la energía eléctrica se fue.


Quedé completamente cubierta por el polvo del repello de las paredes y un leve golpe en mi cabeza. Se desprendió todo el repello de la pared que daba al espacio donde estaba mi cama y mi cama estaba cubierta por tejas y pedazos enormes de concreto.


Fui a corriendo a darme una ducha para poder salir a la calle e ir a buscar a mi madre, yo había quedado llena de polvo de pared y parecía ratón de panadería, polvosa, polvosa, como cuando se renace de la tierra.


Cuando estaba bañándome, hubo una pequeña réplica que terminó de botar las tejas. Me vestí con un pantalón comando, botas jungla, camiseta, tomé mi mochila de emergencias y agua, escribí un papel a manera de recado para mi madre por si no la encontraba y ella llegaba primero, donde le decía que nos reuniríamos allí en casa a las 13 horas y luego nos iríamos a buscar a los abuelitos hasta Sonsonate y salí a la calle a buscarla a ella. Santa Tecla era un caos, todas las calles abarrotadas de gente y de escombros, los famosos Portales eran ya recuerdos nada más, las nubes de polvo eran voraces sobre las lomas.


Lo impactante fue cuando caminé en una intercepción de la calle Daniel Hernández, al levantar la mirada vi con asombro que toda la colina se había desprendido y había soterrado muchas casas que estaban allí. Mi madre andaba cerca en la colonia El Paraíso, me preocupé aún más y fui rápido en esa dirección a buscarla, era increíble la angustia de la gente, buscando a sus vecinos, para ese momento aun no había medios de comunicación, solo policías y algunos miembros de los cuerpos de socorro con sedes en Santa Tecla habían arribado al lugar en cuestión de minutos.


La tierra se desprendió y arrasó con las casas y con las vidas de la gente de la colonia Las Colinas. Solamente había una casa en pié entre el cauce del alud. Todo era lodo, había humedad en la tierra desprendida. La gente decía que un tanque de ANDA había colapsado también. Allí, el Ángel de los Ojos Muertos estaba danzando, él había besado la frente de los que yacían bajo la montaña.


Sentí una gran desesperación por los míos, preocupada por mi mamá, fui a la casa de la amiga de ella y me dijo que se acaba de ir a buscarme.


Me regresé. A pocas cuadras de la casa cuando vi a una mujer blanquita, bajita que iba caminando, era mi madre! Salí corriendo y la abracé, ella me dijo “pongámonos a ayudar” y yo le dije que para ayudar primero teníamos que ver por nuestra raza en Sonsonate, que yo no sabía nada de ellos y que nos fuéramos para el cantón en su búsqueda.

Nos fuimos para la casa a traer cosas que nos pudieran servir en nuestro viaje para Sonsonate y cuando vi a mi novio esperándome afuera de la casa, los vecinos le dijeron que yo había salido y que regresaría. Nos abrazamos y le dije que nuestra idea era irnos para Sonsonate y él dijo que nos acompañaría ya que su familia también es de allá por Sonsonate y debíamos saber cómo estaban.


Las noticias por la radio eran impactantes, las nubes de polvo aún se veían sobre la ciudad.


Mi madre, mi novio y yo nos fuimos caminando desde el centro de Santa Tecla por la carretera Panamericana, nada de transporte, mucha gente caminando, pasamos una casa donde hay un par de gárgolas en la entrada, la gente estaba allí llorando.


El principio de la calle hacia los Chorros estaba increíblemente derrumbada, el concreto de la carretera estaba completamente roto y no había paso, amedida que comenzamos a avanzar entre los desprendimientos de tierra nos dimos cuenta que faltaba lo peor. La carretera estaba completamente cubierta por la tierra desprendida de los paredones.


Los cuerpos de socorro habían puesto lazos en los acantilados y estaban descendiendo en rapel para ayudar a la gente que estaba atrapada en los carros. Eran cientos de personas en ese lugar, con angustia en sus rostros pero con ganas de ayudar. Allí comenzamos a colaborar con los rescatistas, muchos carros cubiertos de tierra pero había un carro celeste parcialmente soterrado cuando al final se le quitó la tierra, ya estaba muerta la pareja de ancianos que iban a bordo, fue una gran frustración para los rescatistas y para los que ayudamos a cavar.


La gente nos decía que era imposible continuar nuestro camino hacia Sonsonate, pero mi mamá insistía en que sí podíamos, para ese momento ya eran las 5 de la tarde. Frustrados por no haber podido hacer nada en nuestro intento por ayudar, queríamos pasar pero no podíamos, nos acordamos que hay veredas sobre las lomas de la finca Santa María y decidimos subir por el risco y comenzar a caminar, cuando vi hacia atrás me di cuenta que muchísimas personas venía caminando en la misma ruta que nosotros, llegamos así entre cafetales hasta Colón a la altura del cantón Cuéllar, allí una familia estaba en la calle dando agua a la gente y refrescos.


Llegamos al Poliedro y allí sí había trasporte hasta Armenia, para ese momento eran las 18 horas y media, pero el microbús viejo se arruinó en Tres Ceibas nos fuimos caminando hasta Armenia, allí un camión nos dio aventón porque los buses que venían de San Salvador vía Quezaltepeque ya no paraban, iban abarrotados. El camión nos dejó en El Zunza, desde allí caminamos 6 km hasta el cantón Los Lagartos.


Cuando al fin llegamos, muchas casas del cantón estaban dañadas, la gente afuera llorando, la iglesia católica del cantón yacía junto a sus campanas y junto a los recuerdos de las bodas de las rezadoras.


Nos acercábamos a nuestra casita vieja y lo primero que vi fue a mi abuelo cabizbajo fumando un puro y sentado a la orilla de la calle y tras de él, los árboles que cubrían los daños estructurales de nuestra casa vieja. El techo cedió, algunas paredes también, mi abuela y mi hermana estaban tristes pero haciendo café en una fogata en el patio de la casa.


Nos abrazamos todos y nos regocijamos de estar completos y sin ningún daño. Eran ya las 23 horas del 13 de enero.


Acampamos en el patio junto a los vecinos, nos turnamos la vigilancia porque los ladrones ya andaban viendo cómo aprovecharse. Mi novio estaba muy preocupado por su familia, él aún no llegaba donde los suyos, porque su familia es de Apancoyo, cerca de Mizata, faltaban muchas horas para que pudiera verlos.


A la madrugada, Elmer, decidió partir en busca de su gente y mi abuelito me dijo “acompañalo, él no te dejó sola, no lo dejes solo” y con la bendición de mi viejo llegamos hasta allá, todos estaban bien.


Inmediatamente vimos que todos estaban bien, nos regresamos para Santa Tecla a presentarnos a los puestos de las brigadas de socorro para apoyar, a mí me dieron permiso en el trabajo una semana por ser parte de una brigada, pasé en Las Colinas y Comasagua junto a muchos amigos, vimos cosas tristes de las que no quiero hablar. Casos conmovedores, escenas que ni los años podrán borrar.


Y ese es el recuerdo de ese Sábado Negro que arrebató las sonrisas y dejó sólo bálsamos y cipreses en los ojos de los que aún respiramos.


Pesar entre los bálsamos de la colina.


:(

5 comentarios:

Krisma Mancía dijo...

WooW!!! De verdad que eres una mujer de hierro... Ver todas esas cosas, luchar por saber de los seres queridos, ayudar a los demás sin importar que te den un gracias es de mujeres valientes. Estoy orgullosa que seas mi amiga.
:)

Antropomorfo dijo...

Es una de las peores cosas que le pueden pasar a alguien en su vida, cunado el planeta te recuerda lo pequeños que somos. A mí me han tocado varios uno muy muy fuerte. Y sí, eres una mujer muy valiente. Saludos desde acá

Anónimo dijo...

Hola Ingrid!
Paso a saludarte, a dejarte un abrazo, un cordial saludo, a brindarte buenos deseos.
Como podrás haber visto, el blog está abandonado, y el facebook lo cerré hace tiempo, de pronto ambas cosas me hartaron.
Pero de vez en cuando, aunque ya casi no comento, ando rondando blogs.
Es un gusto saber de tí, y gracias por pasar a saludar allá a mi tan empolvado blog.

Periquillo.

Laura Sj dijo...

Gracias Ingrid por dejarnos conocer un pedacito de tus experiencias,de ti.Seguro que tienes un corazón de oro.Un abrazo desde Madrid (España).

Rumana LadyTiger dijo...

Gracias por estar aquí, en este pequeño espacio, un abrazo.