jueves, 21 de abril de 2011

Santo Entierro y las Mujeres.

Semana Santa en Los Lagartos: El rompimiento de una tradición y el inicio de otra.

La tradición de Semana Santa en la Hacienda Los Lagartos es algo muy bonito y cultural, es disfrutado por la gente católica y por la gente amante de la cultura que llega a apreciar los eventos.


El Viernes Santo, a las 7 de la noche, se inicia una procesión llamada El Santo Entierro, donde se conmemora el momento en que Jesús es llevado a su sepulcro. La procesión consiste en llevar a hombros una enorme urna de madera muy pesada que en su interior lleva una imagen que representa el cuerpo de Jesús.


En Los Lagartos, es cargada por un grupo de 16 hombres (puede variar entre 12, 14 y 16, depende de la afluencia de cargadores) y su peso estimado es de 1 tonelada según afirma la gente de la Hermandad del Santo Entierro de La Parroquia San José Los Lagartos (mi abuelo dice que pesa menos). En otros lugares, las urnas son mucho más grandes y se necesitan varias docenas de cargadores para poder avanzar y hay otros lugares donde 6 personas pueden llevarla, depende de cada pueblo. Los más destacados en El Salvador son la Urna de Sonsonate y la de Izalco.


El recorrido de la procesión es de varias horas, normalmente su retorno al punto de partida es a las 3 de la mañana. Los cargadores son organizados por grupos de personas de estaturas similares, y los cambios de grupo son cada 15 minutos o a veces los calculan por distancia. Toda la procesión va ambientada con música de marchas propias de la época. En raras ocasiones he escuchado el Requiem de Mozart en los parlantes. La urna es mecida por los cargadores con un paso muy característico, se usan unos ganchos a manera de apoyo al avanzar y al detenerse.


¿Por qué escribo acerca de esto?


Porque cuando yo era niña, mi familia me llevaba a la iglesia católica, crecí bajo esas enseñanzas pero con el tiempo dejé de creer en las religiones, en dios y en todo eso, pero eso no significa que yo no respete las costumbres y las creencias de los demás. Cuando dejé de creer no lo hice porque me resintiera con la iglesia, lo hice porque me es imposible creer en lo que no puedo ver, y la fe no me parece un argumento válido para la lógica, eso también incluye fantasmas y ovnis. Respeto y espero que me respeten.


Memorias.


Recuerdo que para Semana Santa, mi hermana y yo ayudábamos a mi madrina Lety en su costumbre de vestir a los santos que sacarían en las procesiones, eran actividades que me gustaba hacer. También me encantaba hacer la alfombra en la calle junto a todos los niños del vecindario. Eran actividades muy sanas.


En una de las tantas cuaresmas de infancia, recuerdo que un cura español llegaba cada semana Santa, se llamaba Santiago Fuentes Rivas, era buena persona. Mi mamá se rebuscaba por conseguirle frutas de temporada para regalárselas y él una vez le dijo “Lléveselas a sus hijas, que son huérfanas de padre, que las disfruten ellas”, lindo detalle del padre porque a mí ni un jocote me quería dar mi mamá por querer quedar bien con el cura.


La tradición masculina se rompe.


Semana Santa de 1991, el cantón Los Lagartos se escandaliza al saber que una mujer cargaría por primera vez en su historia, la Urna del Santo Entierro, tradición exclusiva de los hombres. La mujer se llamaba Silvia Bolaños, una chava de 19 años en esa época, morena, delgada y con unos ojos redondos muy bonitos y tenía un novio más bajito que ella.


Recuerdo cuando la niña Manchita, mi nana, entró a la casa contando que por primera vez una mujer cargaría la urna, nosotras nos alegramos por ella. Lastimosamente, los encargados de la iglesia solo la dejarían cargar a Silvia durante unos minutos y no durante el “turno” completo que duraba aproximadamente 15 minutos y se repetía alrededor de 7 veces durante toda la jornada de la procesión.


La razón por la que la dejarían fue que “ella había prometido a dios cargar la urna a fin de que él le concediera un favor” y con esa excusa rompieron una tradición de muchos años, para suerte del género femenino, ya que los hombres decían que las mujeres solo podían cargar a las imágenes que representaban personajes femeninos argumentando que la Urna del Señor pesaba demasiado y que eso era cosa para hombres.


Al escuchar la noticia de que una mujer cargaría la Urna, mi hermana se entusiasmó y me dijo “hey nosotras deberíamos hacerlo también”, para ese año yo tenía 13 años y mi hermana 12, pero éramos de estatura arriba del promedio de las niñas del Cantón y ya teníamos la estatura de muchos niños mayores que nosotras.


Mi hermana y yo, abriendo más el camino.


Al año siguiente, en 1992 convencimos a todo mundo que teníamos una promesa a dios para cargar la Urna del Santo Entierro. Efectivamente, había una promesa, pero la hizo mi hermana, yo nada más la apoyé.


Las personas que nos apoyaron para que nos dejaran cargar la urna fueron los miembros de la Hermandad del Santo Entierro, don Secundino Cortez y don Tino Funes. Gracias a ellos, porque confiaron en que sí podíamos, fuimos permitidas como miembros de una sociedad privativa del género masculino.


Me gusta recordar esos tiempos agradables cuando mi hermana y yo nos hacíamos ilusiones porque la Semana Santa venía. Para ese entonces, yo estaba confundida porque dudaba demasiado de la existencia de dios, cuestionaba los pasajes de la biblia y a la vez tenía miedo de ofender a dios con esos pensamientos y me la pasaba martirizándome para no pensar en cosas que sonaran a blasfemia y trataba de poner la mente en los rezos para olvidar el razonamiento y la duda que llegaban a mi mente. Fue una época muy dura para mí.


Mi mamá se oponía a nuestro ingreso a cargar la Urna porque ella quería que siguiéramos llevando a hombros la imagen de María por todo el pueblo durante esa noche, mi mamá era la encargada de buscar a las cargadoras para el cortejo de santos y como éramos sus hijas nos hacia cargar turnos triples y nunca nos buscaba relevo, y le decíamos “mami ya no aguanto” y ella respondía “ofrézcale el sacrificio nuestro señor”. Para varias nos hacía usar tapados en la cabeza que nadie más usaba, nos hacía hincarnos en el suelo donde había piedras pequeñitas que se enterraban en las rodillas y luego decía que era nuestra penitencia. Esas cosas y las dudas en mi mente, me hacían sentirme muy mal.


Mi hermana que era muy devota quería cargar la urna y yo, toda una niña confundida entre creer y no creer, cansada de ser obligada a hacer penitencias innecesarias, me animé a cargar la Urna porque pensé que tal vez haciendo eso dios me quitaría los pensamientos de duda sobre la veracidad de la biblia. Y juro por mi sangre que lo hice de corazón, creyendo que dios sí existía y que ese sacrificio le agradaría. Ahora nada más me sonrío al ver la inocencia que había en mi corazón.


Mi madre nos exigía demasiados sacrificios bastante humillantes para ofrecérselos a dios, quizás esas cosas eran las que yo odiaba en el fondo y las canalizaba como incredulidad.


A todas las adolescentes del cantón les avergonzaba cargar el anda de María, y ninguna de ellas quería hacerlo, solo mi hermana y yo éramos las únicas jovencitas que íbamos con la anda de madera durante todos los recorridos, las demás eran ya señoras, por eso mi mamá no quería dejarnos cargar la urna para que siguiéramos ayudándole con eso. Mi mamá nos dijo “las dejo cargar la santa urna si en los ratos libres cargan a la virgen”, como siempre ella, exigiendo más devoción de la que yo podía dar, quizás según ella, la urna no pesaba.


Cartaboneando:


Para ese entonces, nadie se esperaba que dos niñas de 13 y 14 años estuvieran en la fila que hacían los hombres para medir la altura de sus hombros y ser anotados en una lista, a esa actividad de medirse, anotarse y ser ubicado en un grupo de cargadores se le conoce en el caló de la Semana Santa como “cartabonearse”, palabra que deriva del nombre del instrumento usado para dibujo técnico que corresponde a un triángulo rectángulo escaleno (la de los ángulos de 30 y 60).


En ese tiempo, ambas medimos 1.37 hasta los hombros. Luego, nos dieron un cartón a manera de identificación donde estaba anotado el número de cargador asignado y el número del grupo. Recuerdo que mi cartón decía: Hermandad del Santo Entierro. Cargador 7, Grupo 4.


El primer momento que cargué sentí que pesaba mucho, pero no retrocedí, continué con el paso de mis compañeros y terminé todos mis turnos. Mi hermana igual.


Y así comenzó la costumbre de mi hermana y yo, cargando cada Semana Santa, hubo buenos momentos, buenos turnos, malos compañeros de turno que se agachaban y la carga se asentaba en los demás, turnos de voluntarias porque más de algún irresponsables que se corrían de su grupo, lugares topográficamente difíciles, alfombras muy bellas pero muy altas que hacían difícil mantener el paso sin tambalearse, mujeres con la costumbre de hacer que bajáramos la urna frente su casa para echarle un perfume rico y otras uno que daba alergia, habían veces que la urna se iba de lado y teníamos que esforzarnos para mantener el paso y que la carga se distribuyera bien entre todo el grupo, sudor, penitencias y sonrisas.


Con los años


Al pasar los años, las mujeres del cantón ya se habían acostumbrado a vernos cargar a Silvia, a mi hermana Miriam y a mí. Luego Silvia dejó de hacerlo por que hizo familia. Comenzaron a incorporarse unas chicas y su mamá, eran de la familia de los Moreno alias los Chica Mica, una familia muy corpulenta y de gran estatura que siempre llegaba a la iglesia. Y así ya teníamos el grupo de mujeres, pero los organizadores tenían miedo que muchas mujeres fuéramos en el mismo turno, así que nos intercalaban, hasta que un día comprendieron que éramos iguales y el grupo se hizo más parejo.


Pasaron los años y yo dejé de creer en dios. Pero como no me atrevía decirle nada a mi madre para no decepcionarla, continué cargando la urna y haciendo la alfombra.


Nunca renegué de cargarla porque la verdad siempre me gustó la tradición, siempre la vi muy cultural y la idea de medirme a la par de los hombres siempre me ha gustado y también quería fomentar que en la religión también las mujeres somos iguales a los hombres.


Hubo un año en que mi hermana iba vestida con el mismo atuendo de los Caballeros de la Hermandad del Santo Entierro, fue la primera y única mujer a la fecha de este texto que lució ese uniforme y que estuvo al pie de la cruz recibiendo la imagen de Jesús al ser bajado de la cruz.


Luego, los años siguieron pasando y ya a ninguna joven mujer le gustaba cargar al cortejo de santos pero, la idea de llamar la atención de todos cargando la urna de los hombres sí les parecía fascinante. Y fue así como las demás chicas que nunca llegaban a misa los domingos, que nunca llegaban ni a rezar, entraron al mundo de cargar la urna. Y ahora, ya nadie quiere cargar a las vírgenes, ya todas se apuntan para cargar la urna. Y los santos que un día fueron asociados al género femenino se quedan guardados en la iglesia el día del Santo Entierro porque ellas ya no los quieren cagar. En cambio la Urna, lleva igual número de hombres y mujeres.


Mi hermana y su fe


Miriam siempre fue una niña con una gran fe, creyente en dios, en la virgen y en los milagros. Ella en 2006 cargó la urna por última vez porque ya estaba muy enferma de Insuficiencia Renal Crónica, esa vez la vi esforzarse demasiado al cargar en su estado de salud.


Yo seguí cargando pese a haberme declarado sin dios ante mi familia hace algunos años, lo seguí haciendo porque mi hermana me lo pidió, que lo hiciera en su representación ya que para ella era un imposible seguirlo haciendo, así fue como continué.


Yo, mi incredulidad y la tradición.


El año pasado, yo tenía 3 meses de haber sido operada de algo de lo que no he querido hablar, como ya no me dolía la operación decidí tomar en cuenta la petición de mi hermana y cargué, porque ella quería que lo hiciera.


Fue una de las cargadas más adoloridas porque muchos hombres se corrieron del turno y como buena cargadora no puedo correrme, debía tomar el lugar del desertor y continuar.


La geografía estaba muy mala por la zona del antiguo Ingenio. Me extrañó que el encargado del turno nos hizo avanzar con la pesada urna sobre un pedrero enorme, lleno de obstáculos, fue algo confuso porque nunca nos habían hecho eso de hacernos avanzar en terreno tan difícil, jamás había ocurrido un turno tan dramático en todos mis años de cargadora, y todavía pensé “¿qué pasa que nos hacen continuar?, ¿por qué esta ruta?” y cuando escuchamos la orden de detenernos frente a la casa de una señora muy devota que durante décadas pidió que la urna fuera bajada frente a su casa para perfumarla, ahora ella estaba cieguita a causa de la diabetes. Entonces comprendí que el hombre encargado vio a los lejos a la señora y decidió llevarle la urna a toda costa frente a ella como un regalo por los años que ella la perfumó. Bajamos la urna frente a ella, la vi llorar y la escuché cuando dijo “Señor, devuélveme la vista, yo te quiero ver otra vez”. Sentí que el corazón se me hizo pequeño. Yo, una incrédula, cargando por tradición una urna, muchas blasfemias llegando a mi mente en ese momento, un leve reclamo a la idea de la existencia de dios “dios, ve como sos, menos mal que ella te ha servido toda su vida, que te cuesta devolverle la vista”.


Casi dos décadas de tradición


Ahora, ya pasaron 19 años de ese día que mi hermana y yo cargamos por primera vez la Urna del Santo Entierro.


No me arrepiento de haberlo hecho, nunca me arrepentiré de tan linda experiencia aunque yo no crea en nada. Aunque haya dejado de creer en las cosas que creí de niña. Siempre tendré respeto por las tradiciones.


Este año, será la primera vez que no lo haré, por primera vez en 19 años no me voy a cartabonear, no llegaré por el cartón de mi turno, no llevaré el gancho de apoyo y no cargaré.


La razón es sencilla, como les he contado, el trasplante para mi hermana fue hace poco más de dos semanas, tengo fresca la herida. Se me puede descoser el zíper.


Ahora, las nuevas generaciones de mujeres cargarán la urna, ahora son ellas las que deben cumplir con los turnos sin retroceder, sin desertar y sin llenarse de vanidad. Porque es tan fácil no llegar a misa todo el año pero sí ir a jugar de penitente a una procesión. Tan fácil no creer en nada y hacerlo por costumbre.


Me siento triste de no hacerlo este año. Ya me había acostumbrado a sentir esa carga en un hombro, esa presión de que ya toca el turno, esa presión de llevar bien el paso, esa coordinación de asentar bien la carga. Al final, llegar con la urna al punto de partida, es como cumplir una misión.


El que cree en eso, que lo disfrute, que lo viva, que lo sienta y que se alegre de vivir esa experiencia. Porque habemos seres que aunque nos esforcemos, se nos hace imposible creer.


FOTOS Y RECUERDOS

Mi hermana y yo, años 2002. Mi hermana va de overol y yo de blusa blanca.

Foto gracias a Lore Carranza.

Aquí va mi hermana de mujer punta. última vez que cargó.

Yo en 2009, la urna ya pintada de café.

Así se ven los cargadores completos, 2010.

aquí voy, año 2010, con camisa de No fear!


Aquí un video que hizo mi hermana hace dos años.

Video en Youtube



6 comentarios:

Ricardo Hernández Pereira dijo...

Pues gracias por este post.

oscarperdomoleon dijo...

Muy buena publicación, Ingrid. Al leer tus palabras he agradecido tu honestidad.

Aquí te dejo el enlace de algo que escribí el año pasado:
http://oscarperdomoleon.wordpress.com/2010/09/26/salir-del-closet-ateos/

Gracias por permitirme opinar.
Saludos.

Ingrid dijo...

Pese a ser una atea declarada, respeto demasiado las creencias y las tradiciones.
Gracias por leer y estar aquí.

Luz Cåceres. dijo...

Gente como vos me hace querer levantarme de la cama para comer cereal y seguir viviendo. Me encanta.

Ingrid dijo...

:) Gracias Luz.

Carlos Eduardo Henriquez dijo...

Encontré este blog por casualidad, estaba leyendo sobre las serpientes de este país, y además pude encontrar a una persona con bastante coraje para afrontar la vida. Luego pude ver de dónde obtuviste buena parte, y es que al practica artes marciales aprendes a pensar una estrategia, aunque te estén moliendo a sopapos.
Sigue así, saludos.